domingo, 9 de julio de 2017

El impulso y su freno

Real de Azúa, C. (1964) El impulso y su freno Montevideo: Ed. Banda Oriental.

“No es arbitrario partir por una de las vías más transitadas por la penetración imperialista: los empréstitos. O mejor aún: los empréstitos y el cumplimiento leonino de sus obligaciones en la general insolvencia latinoamericana tantas veces promovida por los propios prestamistas. De ello se libró el Uruguay que en el primer cuarto del siglo fue repatriando sin pausa su deuda externa mientras que todo el cerco de garantías se completaba con la política de nacionalización de los servicios públicos que es uno de los timbres de orgullo del Batllismo. Si ya antes de él y durante la década del noventa habían sido preservados para el país el Banco Hipotecario (1892) y el Banco República (1896), fue el impulso batllista el que completó la obra y rescató lo rescatable. Contra muchas reticencias internas, contra presiones internacionales, cautas pero evidentes, se nacionalizaron totalmente el Banco de la República (1906-1911), el Hipotecario (1912), se estableció el monopolio de los seguros más importantes y se organizó su Banco (1911), se estatizaron los servicios del Puerto (1916), se crearon los ferrocarriles del Estado (1912), pasaron a manos públicas los servicios de energía eléctrica (1912), los telégrafos (1915), se planteó la orientalización del cabotaje (1912) y se proyectó —desde los primeros años del Batllismo— la nacionalización y el monopolio estatal del alcohol, el tabaco y las aguas corrientes. Hacia el final del primer tercio del siglo se formó (no sin resistencia batllista en cuanto a su carácter mixto y privatista) el Frigorífico Nacional (1928) y fue la Administración de las Usinas y Teléfonos del Estado (1931) la última gran expresión del período que fenecía.
Pero también esta política de creación fue acompañada por una de contención y hasta de represión; las compañías tranviarias y los frigoríficos (entre otros) conocieron lo que era tan desusado en Sudamérica: un Estado difícil de corromper y atropellar, dispuesto a vigilar sus ganancias desmesuradas, su fraude fiscal, sus prepotentes tratos laborales.
Con la excepción registrada, "nacionalización" se acompañó siempre de "estatización" más o menos completa (abriéndose por ahí, como se verá, el desprestigio más ancho y peligroso). Por entonces, todo eso, constitucionalizado en el famoso artículo 100 de la Carta de 1917, fue engrosando la versión uruguaya de las clásicamente llamadas "funciones secundarias del Estado". Unas funciones que, por otra parte, ya nos colocaron inicialmente muy lejos del Estado destartalado y angosto de casi todos los países hispanoamericanos de la época. Si gendarme, casi siempre fiel, de los intereses privados era el de estos, la porción que, por el contrario tomó para sí el Estado uruguayo en todos los rubros fundamentales (gestión empresaria, distribución de la renta nacional) resultó desusadamente grande; aun el mantenido aporte de la explotación pecuaria privada y el carácter capitalista del proceso industrial no fueron capaces de arañar su volumen.” (22, 23)

“ …la industrialización, el agrandamiento del Estado, la lucha contra los propietarios de la tierra parecen estar imputando estos procesos a un ineludible (e inconfundible) protagonista clasístico. La clase media —no exactamente "la burguesía"— se identificó en su marcha con la obra batllista inicial y a ella se han referido estudios comparativos penetrantes, como el de John Jonson, para consustanciarla con su esfuerzo entero. Todo está, como se decía, demasiado intrincado, pero no habría que olvidar, entre las fuerzas de impulsión, la tarea educacional de esos años, que fue, en buena parte, obra batllista y que se orientó, como más arriba decía, en el sentido de universalizar efectivamente la enseñanza. Las escuelas nocturnas para adultos (1906), los liceos departamentales (1912), el Liceo Nocturno (1919), la Universidad de Mujeres (1921) participan de un propósito que se une espontáneamente con la extensión del principio de gratuidad —implantado en las leyes Varela-Latorre de 1877 para la etapa escolar, extendido en 1916 para la media y superior— y con el de laicidad, consolidado en 1909. Aquellas instituciones, estos principios (sobre todo si se les agrega el de la obligatoriedad escolar, también de 1877), caracterizan nuestra educación. Pero además señalan la fidelidad con que el Batllismo recogió su inspiración tradicional, su veta iluminista, su profunda fe en la cultura intelectual como factor de movilidad social ascendente aunque también (sería un matiz diferencial con los admirados Estados Unidos) el "tope" —así hay que llamarlo— "mesocrático" de esa movilidad.” (25)

“Una aspiración más peculiar, en cambio, traducen las Escuelas (más tarde Facultades) que se debieron al impulso creador de Eduardo Acevedo: la de Agronomía, la de Veterinaria, la de Química especialmente (1916 y 1918). Representaron una orientación practicista y técnica, fundamentalmente realista, muy coherente con las ideas del grupo penetrado de positivismo desde el que Acevedo accedió, en camino divergente al de otros, al Batllismo. El trabajoso trámite de estas instituciones y su posterior estancamiento hasta hoy podría valer por el más transparente síntoma de ese "desarrollo frustrado" de una sociedad de raíz agropecuaria que se planteó al principio (y ya puede empezar, con esto, a dejar de serlo) como mera interrogación.” (26)

“(En la realidad de las cifras buena parte de los gastos presupuestales se siguieron basando durante todo el período batllista en los muy regresivos y empíricos impuestos al consumo y en los gravámenes aduaneros, nuestra gran fuente fiscal tradicional). (10)” (29)

“Pero aún más importante a este respecto fue el "impuesto al ausentismo" —propuesto en 1912, consagrado en 1916— que recargó la Contribución Inmobiliaria y se propugnó vinculado a la necesidad de fondos para los liceos departamentales. En tanto apuntaba a la crónica calamidad sudamericana de sus clases poderosas domiciliadas en Europa y a las empresas extranjeras con sus centrales en el exterior, su voluntad nacionalista y popular es tan indiscutible que representa uno de los mejores asientos del haber batllista. Esto sea señalado sin perjuicio de marcar que la concreción de sus fines pueda no haber sido más que problemática, representando poco más que arañazos a la epidermis de los núcleos de poder atacados y a sus sustanciales ganancias.” (29, 30)

“Resultante en puridad de la doble vertiente científico-positivista y liberal-romántica con los trazos generales del pensamiento laico, burgués, "moderno", secularizado, el Batllismo profesó la ideología de todos los radicalismos occidentales de su tiempo, pero tal vez no sería excesivo decir que con un subrayado más que regular de la nota anticatólica, su real peculiaridad fue la enérgica acentuación de los elementos compasivos y solidaristas de su ética social.” (30)

“En la Constitución de 1917 se consagró la separación de la Iglesia y el Es tado, una medida que, en cierta manera, sólo completó en el texto legal de mayor jerarquía una dilatada corriente de laicización que fijó sus tramos iniciales durante las dictaduras militares del siglo pasado. Desde su asunción a la presidencia, en 1903, la atención de Batlle buscó todos los resquicios posibles de secularizar, con una minuciosidad que llegó a medidas del tipo de suprimir los honores militares a personas, símbolos o actos religiosos (1911), eliminar las referencias a Dios y a los Evangelios en los juramentos públicos (1907), erradicar los crucifijos de los establecimientos de beneficencia estatal (1906) y establecer la laicidad absoluta de la enseñanza (1909).” (32, 33)

“La primera guerra mundial y las clamorosas simpatías proestadounidenses del Batllismo que tuvieron su vocero más típico en Brum, los propósitos de hacer del Uruguay "el laboratorio del mundo", son esperables manifestaciones de esta confianza. Pero, ahora, al margen de lo pedantesco o lo erróneo que tales posturas contuviesen, obsérvese que poco tenían que ver ellas y aun sus supuestos ideológicos (es sólo una de las posibles discordias) con una enérgica voluntad nacionalizadora, esa voluntad que, por lo menos en el plano económico, fue atributo incontestable del partido. Aquí radica, más que en otra parte, la más grave fisura (duplicidad sería palabra equívoca) de la postura batllista y la debilidad de una actitud antimperialista que vio más que nada "empresas" y no "naciones" o cuando más "estados" y "gobiernos" que, saliéndose de su órbita legítima y natural las protegían, abogaban y hasta amenazaban por ellas. Puede decirse que si en esto el Batllismo se hurtaba a la evidencia de una alianza umbilical entre el gran capital inversor y exportador y los gobiernos occidentales (de Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Francia), la misma fe en las afinidades ideológicas desconoció lo que hoy ya a es lugar común en la conciencia política y social de los países marginales (para localizarlo en lo que nos interesa.). Eso es (acéptese o no la concepción marxista de ellas) el carácter decorativo, enmascarador de esas "ideologías" y su visible conversión en universal y desinteresado de lo más particularmente situado e inducido. Lo que importa, corolariamente, denunciar su relativismo, prever la ambigüedad de su irradiación y sus influjos, al operar en contextos sociales distintos a los que se originaron. Sólo en la polémica del Colegiado, y enfrentando bravamente el dictamen negativo de los universitarios, el Batllismo parece haber oteado algo (aunque poquísimo) de lo precedente.
Por ello es explicable que fundado sólidamente sobre anchos sectores medios de procedencia inmigratoria bastante reciente, dotado de una vertebración ideológica de tipo universalista e intelectual, solidarista y humanista al modo radical-socialista europeo, el Batllismo, pese a la significación nacionalizadora y antiimperialista de su política económica haya estado pasional y doctrinalmente muy lejos de cualquier "nacionalismo". “(17)

“No es arbitrario partir por una de las vías más transitadas por la penetración imperialista: los empréstitos. O mejor aún: los empréstitos y el cumplimiento leonino de sus obligaciones en la general insolvencia latinoamericana tantas veces promovida por los propios prestamistas. De ello se libró el Uruguay que en el primer cuarto del siglo fue repatriando sin pausa su deuda externa mientras que todo el cerco de garantías se completaba con la política de nacionalización de los servicios públicos que es uno de los timbres de orgullo del Batllismo. Si ya antes de él y durante la década del noventa habían sido preservados para el país el Banco Hipotecario (1892) y el Banco República (1896), fue el impulso batllista el que completó la obra y rescató lo rescatable. Contra muchas reticencias internas, contra presiones internacionales, cautas pero evidentes, se nacionalizaron totalmente el Banco de la República (1906-1911), el Hipotecario (1912), se estableció el monopolio de los seguros más importantes y se organizó su Banco (1911), se estatizaron los servicios del Puerto (1916), se crearon los ferrocarriles del Estado (1912), pasaron a manos públicas los servicios de energía eléctrica (1912), los telégrafos (1915), se planteó la orientalización del cabotaje (1912) y se proyectó —desde los primeros años del Batllismo— la nacionalización y el monopolio estatal del alcohol, el tabaco y las aguas corrientes. Hacia el final del primer tercio del siglo se formó (no sin resistencia batllista en cuanto a su carácter mixto y privatista) el Frigorífico Nacional (1928) y fue la Administración de las Usinas y Teléfonos del Estado (1931) la última gran expresión del período que fenecía.
Pero también esta política de creación fue acompañada por una de contención y hasta de represión; (6) las compañías tranviarias y los frigoríficos (entre otros) conocieron lo que era tan desusado en Sudamérica: un Estado difícil de corromper y atropellar, dispuesto a vigilar sus ganancias desmesuradas, su fraude fiscal, sus prepotentes tratos laborales.
Con la excepción registrada, "nacionalización" se acompañó siempre de "estatización" más o menos completa (abriéndose por ahí, como se verá, el desprestigio más ancho y peligroso). Por entonces, todo eso, constitucionalizado en el famoso artículo 100 de la Carta de 1917, fue engrosando la versión uruguaya de las clásicamente llamadas "funciones secundarias del Estado". Unas funciones que, por otra parte, ya nos colocaron inicialmente muy lejos del Estado destartalado y angosto de casi todos los países hispanoamericanos de la época. Si gendarme, casi siempre fiel, de los intereses privados era el de estos, la porción que, por el contrario tomó para sí el Estado uruguayo en todos los rubros fundamentales (gestión empresaria, distribución de la renta nacional) resultó desusadamente grande; aun el mantenido aporte de la explotación pecuaria privada y el carácter capitalista del proceso industrial no fueron capaces de arañar su volumen.
Se ha hecho referencia a la industrialización. Todo el curso del Batllismo sería virtualmente inexplicable sin esta pieza fundamental. Ya las leyes de 1875 y 1888, reaccionando contra el librecambismo de 1860 había echado sus bases y le habían impreso las características previsibles: industrias livianas, de consumo, de las llamadas "tradicionales" en la terminología desarrollista. Sólo más tarde, las dos guerras mundiales serían las que lo impulsarían sustancialmente y esto con todas las limitaciones imaginables en un pequeño mercado consumidor y de baja capacidad de exportación. Es difícil negar, con todo, los empeños que en el entremedio velaron por ese proceso industrializador y la cuidadosa atención que el Batllismo le prestó. A ella debe imputarse la promoción (que en mucho desborda este designio instrumental) de una clase obrera estable y básicamente integrada en la sociedad global del país. También el ensanchamiento de la habilitación técnica que representaron ciertas formas de fomento educacional, una nueva organización de la enseñanza industrial (1916) y, en general, el designio de una auténtica difusión de los estudios. Todos estos avances constituyeron tal vez los rubros menos deliberados pero de más largos y amplios efectos; no podría discutirse sin embargo, que la clave de esa industrialización, que no es injusto llamar batllista, fue la política aduanera proteccionista —era la terapéutica tradicional— las relativamente tardías leyes de privilegios industriales (1919 y 1921) y ciertas medidas fiscales, entre las que resultaron fundamentales las normas de 1906, 1911 y 1912 —especialmente las de este último año— sobre franquicias a materias primas y máquinas. Hoy puede concluirse que si tal cuerpo de decisiones careció a menudo de solidez, y casi siempre —como en caso de la textil— de la debida "generalidad"— fue capaz de imprimir en cambio ese impulso de desamarre sin el cual la sociedad y la economía uruguayas hubieran cambiado menos aún y más precariamente de lo que lo hicieron. (22-25)

“ …la industrialización, el agrandamiento del Estado, la lucha contra los propietarios de la tierra parecen estar imputando estos procesos a un ineludible (e inconfundible) protagonista clasístico. La clase media —no exactamente "la burguesía"— se identificó en su marcha con la obra batllista inicial y a ella se han referido estudios comparativos penetrantes, como el de John Jonson, para consustanciarla con su esfuerzo entero. Todo está, como se decía, demasiado intrincado, pero no habría que olvidar, entre las fuerzas de impulsión, la tarea educacional de esos años, que fue, en buena parte, obra batllista y que se orientó, como más arriba decía, en el sentido de universalizar efectivamente la enseñanza. Las escuelas nocturnas para adultos (1906), los liceos departamentales (1912), el Liceo Nocturno (1919), la Universidad de Mujeres (1921) participan de un propósito que se une espontáneamente con la extensión del principio de gratuidad —implantado en las leyes Varela-Latorre de 1877 para la etapa escolar, extendido en 1916 para la media y superior— y con el de laicidad, consolidado en 1909. Aquellas instituciones, estos principios (sobre todo si se les agrega el de la obligatoriedad escolar, también de 1877), caracterizan nuestra educación. Pero además señalan la fidelidad con que el Batllismo recogió su inspiración tradicional, su veta iluminista, su profunda fe en la cultura intelectual como factor de movilidad social ascendente aunque también (sería un matiz diferencial con los admirados Estados Unidos) el "tope" —así hay que llamarlo— "mesocrático" de esa movilidad.
Una aspiración más peculiar, en cambio, traducen las Escuelas (más tarde Facultades) que se debieron al impulso creador de Eduardo Acevedo: la de Agronomía, la de Veterinaria, la de Química especialmente (1916 y 1918). Representaron una orientación practicista y técnica, fundamentalmente realista, muy coherente con las ideas del grupo penetrado de positivismo desde el que Acevedo accedió, en camino divergente al de otros, al Batllismo. El trabajoso trámite de estas instituciones y su posterior estancamiento hasta hoy podría valer por el más transparente síntoma de ese "desarrollo frustrado" de una sociedad de raíz agropecuaria que se planteó al principio (y ya puede empezar, con esto, a dejar de serlo) como mera interrogación.” (25, 26)

“ …el Batllismo buscó un desarrollo nacional basado en las ya apuntadas corrientes de industrialización y ensanchamiento de la gestión productora del Estado, expresión esta última –como casi todas las que siguen— de la marcada, deliberada voluntad del poder público de intervenir en la inversión del excedente nacional. (8) Pero también ese desarrollo implicaba la modernización y diversificación productiva de la tierra, para las que propició un sistema, en verdad incipiente, de crédito y fomento rural (la sección correspondiente del Banco de la República fue establecida en 1912), terapéuticas fiscales a las que enseguida se aludirá, proyectos y leyes de colonización (desde 1913), la organización de la Defensa Rural, la de las Estaciones Agronómicas (1911), (con la famosa "Estanzuela" (1919) entre ellas), y el tanteo metódico de otras posibilidades productoras del sector primario, que tal representaron los Institutos de Pesca (1911) de Geología, de Química (1912). Pero lo que daría, en puridad, su sello a la gestión promocional económica del Batllismo sería su enérgica política de obras públicas, en la que hay que inscribir la ley de Vialidad de 1905, una orgánica ley de expropiaciones (1912), el Ente de los ferrocarriles del Estado y un largo rol de obras de toda especie, de un cabo al otro del país.” (27, 28)

“ …buena parte de los gastos presupuestales se siguieron basando durante todo el período batllista en los muy regresivos y empíricos impuestos al consumo y en los gravámenes aduaneros, nuestra gran fuente fiscal tradicional… “ (29)

“Pero aún más importante a este respecto fue el "impuesto al ausentismo" —propuesto en 1912, consagrado en 1916— que recargó la Contribución Inmobiliaria y se propugnó vinculado a la necesidad de fondos para los liceos departamentales. En tanto apuntaba a la crónica calamidad sudamericana de sus clases poderosas domiciliadas en Europa y a las empresas extranjeras con sus centrales en el exterior, su voluntad nacionalista y popular es tan indiscutible que representa uno de los mejores asientos del haber batllista. Esto sea señalado sin perjuicio de marcar que la concreción de sus fines pueda no haber sido más que problemática, representando poco más que arañazos a la epidermis de los núcleos de poder atacados y a sus sustanciales ganancias. (29, 30)

“Resultante en puridad de la doble vertiente científico-positivista y liberal-romántica con los trazos generales del pensamiento laico, burgués, "moderno", secularizado, el Batllismo profesó la ideología de todos los radicalismos occidentales de su tiempo, pero tal vez no sería excesivo decir que con un subrayado más que regular de la nota anticatólica, su real peculiaridad fue la enérgica acentuación de los elementos compasivos y solidaristas de su ética social.” (30)

“En la Constitución de 1917 se consagró la separación de la Iglesia y el Es tado, una medida que, en cierta manera, sólo completó en el texto legal de mayor jerarquía una dilatada corriente de laicización que fijó sus tramos iniciales durante las dictaduras militares del siglo pasado. Desde su asunción a la presidencia, en 1903, la atención de Batlle buscó todos los resquicios posibles de secularizar, con una minuciosidad que llegó a medidas del tipo de suprimir los honores militares a personas, símbolos o actos religiosos (1911), eliminar las referencias a Dios y a los Evangelios en los juramentos públicos (1907), erradicar los crucifijos de los establecimientos de beneficencia estatal (1906) y establecer la laicidad absoluta de la enseñanza (1909).” (32, 33)

“La primera guerra mundial y las clamorosas simpatías proestadounidenses del Batllismo que tuvieron su vocero más típico en Brum, los propósitos de hacer del Uruguay "el laboratorio del mundo", son esperables manifestaciones de esta confianza. Pero, ahora, al margen de lo pedantesco o lo erróneo que tales posturas contuviesen, obsérvese que poco tenían que ver ellas y aun sus supuestos ideológicos (es sólo una de las posibles discordias) con una enérgica voluntad nacionalizadora, esa voluntad que, por lo menos en el plano económico, fue atributo incontestable del partido. Aquí radica, más que en otra parte, la más grave fisura (duplicidad sería palabra equívoca) de la postura batllista y la debilidad de una actitud antimperialista que vio más que nada "empresas" y no "naciones" o cuando más "estados" y "gobiernos" que, saliéndose de su órbita legítima y natural las protegían, abogaban y hasta amenazaban por ellas. Puede decirse que si en esto el Batllismo se hurtaba a la evidencia de una alianza umbilical entre el gran capital inversor y exportador y los gobiernos occidentales (de Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Francia), la misma fe en las afinidades ideológicas desconoció lo que hoy ya a es lugar común en la conciencia política y social de los países marginales (para localizarlo en lo que nos interesa.). Eso es (acéptese o no la concepción marxista de ellas) el carácter decorativo, enmascarador de esas "ideologías" y su visible conversión en universal y desinteresado de lo más particularmente situado e inducido. Lo que importa, corolariamente, denunciar su relativismo, prever la ambigüedad de su irradiación y sus influjos, al operar en contextos sociales distintos a los que se originaron. Sólo en la polémica del Colegiado, y enfrentando bravamente el dictamen negativo de los universitarios, el Batllismo parece haber oteado algo (aunque poquísimo) de lo precedente.
Por ello es explicable que fundado sólidamente sobre anchos sectores medios de procedencia inmigratoria bastante reciente, dotado de una vertebración ideológica de tipo universalista e intelectual, solidarista y humanista al modo radical-socialista europeo, el Batllismo, pese a la significación nacionalizadora y antiimperialista de su política económica haya estado pasional y doctrinalmente muy lejos de cualquier "nacionalismo". (39, 40)

“A propósito del matrimonio, Batlle habló alguna vez del "viaje placentero por la vida"; esta imagen, de evidente inspiración hedonista es la que dicta toda una normativa vital de derecho y de consumo que la acción política creyó en el caso de asegurar a todos los uruguayos. Es cierto que elementos "solidaristas" (fue importante la influencia sobre Batlle, a través de Amézaga, de la doctrina de tal nombre profesada por León Bourgeois) sobraron en la inspiración legislativa. Pero ellos se aunaban a ese enfoque individualista que parece, con mucho, el dominante. Por eso, y pese a su halo fraternal, el compuesto final no se sitúa muy lejos (aunque en este caso despojado de sus alcances restrictivos de clase) de ese materialismo estático de la burguesía del que los marxistas gustan hablar para desdeñar y distinguir el suyo. "Móviles sociales" sin "ética social" coherente fue así, desde el principio, el peligro acechante no sólo de la obra positiva que el Batllismo cumplió sino de casi todos los movimientos políticos contemporáneos.” (42)

“Por eso es que desde sus primeras décadas —volvamos al tema— el Batllismo comenzó a sufrir en el nivel de competencia y prestigio de sus cuadros, los que, en términos de su efectiva capacidad de conducción, ya amenazaron resentirse. A ello llevaron su renuncia a movilizar una ética nacional con exigencias, sacrificios, y esas ciertas constricciones que el crecimiento impone. A ello su ideal no malvado pero sí algo burdo de "felicidad". A ello su implícito descansar en ese hedonismo de los individuos y los grupos de interés (resorte que a la larga, y en verdad, mostraría ser el único capaz de funcionar efectivamente).
En el plano de la organización estatal y política, resulta equitativo reconocer que un planteo democrático radical fue probablemente más sincero en el Batllismo que en movimiento alguno de su tiempo. La tentativa de dinamizar una colectividad política activa en toda su base, de hacer del gobierno un gobierno por el pueblo, participante, responsable, vigilante, no constituyó para el Batllismo retórica electoral sino leal y efectivo empeño. Las conquistas de la Constitución de 1917 y las que se fueron logrando en su fértil década: proporcionalidad y estabilidad de la representación de las minorías, voto secreto, elección presidencial directa, registro cívico estable, plebiscito y autonomía departamental; no son logros en los que el Batllismo haya tenido siempre la iniciativa (ni aún no resistiera en ocasiones) ni que haya habido que llevar adelante contra la oposición del Partido Nacional.” (43, 44)

“Contemplando, sin embargo, las cosas desde lo más alto posible, todo el Batllismo sufrió, y aquí sí cabe la palabra, de una esencial duplicidad. En esto acorde con el más ilustre antecedente uruguayo posible —quiero decir Artigas y el artiguismo— fue la contradicción entre ese impulso a la espontaneidad popular y su expresión en un partido gobernado desde las bases por el "hombre común" y el temperamento político de su creador y jefe. Porque Batlle, como Artigas y como todo auténtico conductor de multitudes y naciones, era un político incapaz de marginalizarse cuando su conciencia (que le hablaba siempre) le mostraba el recto camino, la verdad más defendible y eficaz, el peligro de que los otros se desviasen. En suma, en Batlle luchó siempre empecinadamente la aspiración a que los otros mandasen, o mejor: "no mandase nadie" y la incoercible proclividad a ser él quien lo hiciera, por lo menos en una etapa prologal al funcionamiento de esa ideal espontaneidad. Como esta etapa tendió inevitablemente a identificarse con toda su carrera política activa, ocurrió que fue siempre él quien señalase la ruta y quien impusiese los criterios. Que para ello, le bastara dentro de su partido su autoridad natural y el prestigio que le rodeaba, que no necesitara recurrir regularmente al desplante, la amenaza y el soborno son circunstancias que no alteran el hecho medular.” (44)

“Un antagonismo fue el batllista, en suma, que no tocó las estructuras agrarias, que se redujo a proyectos tímidos de colonización, a algunos desplantes amenazadores y sin consecuencias (los hubo famosos de Brum y mucho más tarde de Batlle Berres), a innocuas medidas fiscales desbordadas por la valoración firmísima de la tierra y sus productos.” (51)

“Ya estaban sin embargo vigentes en este nacionalismo económico empresario que —salvo tenues ensayos de participación de usuarios y de capital privado—, sería latamente un etatismo económico, ciertos trazos de las fuerzas que lo arruinarían en el curso de pocas décadas. Porque es el caso que desde el principio se pudo marcar en él ese excesivo rol de finalidades (recuérdese la reciente observación) —rebajar los servicios a los usuarios, hacer "justicia social" al personal, independizar al país de las tutelas externas, ser una fuente de recursos para el Estado, impedir la versión de las utilidades hacia el exterior— que, a fuerza de ser tantas no se cumpliría ninguna plenamente y que, como por su naturaleza no necesita demostración, se incomodarían unas a otras.” (54, 55)




sobre la autonomía de los entes públicos consagrada en la const. 17
“ …la autonomía que para ellos aseguró la Constitución del 17, postulada como un medio de poner al margen de la política estatal una independiente gestión técnica y social, fue parando en un cierto tipo de feudalización que hace de cada uno de estos entes económicos un coto cerrado de sustanciales privilegios corporativos, una suerte de navegante solitario en la economía nacional, un "item" imprevisible e inmensurable, una pieza imposible legalmente de alinear en cualquier esquema de planificación y desarrollo. Tal análisis podría mostrar así, cómo la autonomía técnica, financiera, funcional con que se les dotó con el fin de ponerles al margen de la política gubernamental no consiguió librarlos de la politización directiva y burocrática que actuaría desde lo alto, a través de las disposiciones constitucionales y del imperio de los partidos, ordenando el reparto no sólo en la esfera clásica de la Administración sino en ésta, mucho más nueva y vulnerable. Añádase a lo dicho la posterior inflación que, encareciéndolo todo a un ritmo más rápido que las entradas originadas en tarifas (imposibles de aumentar todos los días, difíciles de hacerlo sin sustancial perjuicio político) causaría su ruina financiera y provocaría la obsolescencia irremisible de casi todos los equipos. Y tráigase a colación todavía el terminante desdén por suscitar algún tipo de movilización de un espíritu nacional y constructivo, un espíritu que pudo hacer un timbre de orgullo y un señuelo de escrupulosa defensa de la que se convirtió con el tiempo en un botín a compartir y a aprovechar desprejuiciadamente, en una red de arrastre de votos y miserias. (32)” (55)

“Sería también más tarde (es el estribillo de este recuento) que se podrían apreciar todos los peligros de esta ambiciosa prolongación de lo estatal en la sociedad y su correlativa promoción de cierto "providencialismo" de lo político que fue las forma concreta que aquélla adoptó el nuestro régimen. Tal vez, el más importante de ellos haya sido el desprecio de toda espontaneidad de la iniciativa extraestatal, el desdén por apelar a esos reflejos puramente sociales de decencia, iniciativa y cooperación entre individuos que fue uno de los timbres y rasgos históricos de la concepción anglosajona de la democracia y una de sus más activas fuerzas. Seria probable, por ello, que esta omnipresencia del poder público hubiera fomentado males por una acción a dos puntas, pues, si por un lado condujo a esperarlo todo del Estado (o más concretamente del favor político o de la intermediación política), por otro pudo contribuir a robustecer esos reflejos, ya viejísimos, de origen español, que son los del insularismo, la desconfianza a la administración, la indiferencia moral a toda infracción que con ella se cometa.” (56, 57)

Industrialización neobattlismo
“El período que en estrictez cabe ver dominado por la persona de Luis Batlle Berres (1946-1958) se desarrolló bajo su signo, aunque en nuevas condiciones que antes no se habían dado: primero aprovechando la coyuntura internacional: cierre de la guerra mundial, "guerra fría", guerra de Corea; al fin, coincidiendo con la caída radical de nuestras exportaciones y con la difundida alarma ante una relación de intercambio cada vez más adversa.
Pueden señalarse hoy las carencias de esta política de industrialización con inflación y subsidios, fijaciones de precios y tipos cambiarios por más que de algún modo salga en su retrospectiva defensa el hecho de que "alguna" política de industrialización es necesaria y siempre es mejor algo que nada. Si se la examina, con todo, desde el orden de ingredientes en que descansaba es inexcusable llegar a ciertas conclusiones sobre su real eficacia promotora.
Implicaba (para comenzar) un Estado político arbitral entre grupos competidores por la promoción —y sus ventajas o por la elusión de sus perjuicios—, una función "intervencionista" que desde entonces nuestro Estado desempeñó en forma mucho más masiva de lo que en el pasado lo había hecho. Utilizar estos poderes con un criterio menos orgánico que inmediato y salidor del paso fue un estilo que se perfiló rápidamente. Utilizarlos con sentido mucho menos económico que político-electoral y personal no era, en cambio, una novedad en el país (ya veinte años antes había recibido el Batllismo el mote de "salvismo"); cabe empero afirmar, sí, que el desplazamiento de los móviles de un zona a otra se hizo mucho más patente y sistemático.
Tenía —para seguir— esos límites precisos e inexorables que la magnitud de un mercado pequeño y la misma índole de la industria ligera fijan.
No contó, parecería, con la clase técnico-administrativa eficaz y desinteresada que era requerible para una política que implicaba operaciones como las de fijación de costos, y tipos cambiarios o si la tuvo, toda ella, o por lo menos sectores decisivos, estuvieron demasiado trabados por el papelerío, la rutina burocrática y la politización electoral.
No vigilando, además, en su base, la producción primaria del agro, castigada por vía fiscal y cambiaria pese a nutrir cabalmente nuestros rubros de exportación, se asfixió a la larga en sus posibilidades de divisas y en todo ensanchamiento eventual del mercado de consumo.
Por último, y por más que hoy tendamos a ver este período con mayor equidad de lo que lo hacíamos al cerrarse, no resulta calumnioso decir que un segundo (y posteriores tramos) de este proceso industrializador descuidó ciertos valores de contención, sobriedad y decoro que éticamente —es obvio— son siempre deseables. Este descuido plantea las relaciones nada unívocas entre moral, economía y política pero aventúrese sólo que él le ganó al proceso industrializador —lo mismo que al de nacionalización y estatización— resistencias y animadversiones que hubieran sido conjurables y que han facilitado la propaganda reaccionaria contra sus mismos fines. Y si es cierto que la industrialización ha sido en casi todas las naciones fuente de escándalos, pretexto de rápidas y desmesuradas fortunas, muy distintos son los casos de Estados Unidos y Brasil (pongamos estos ejemplos), enormes cuerpos sociales que parecen capaces de sobrellevar cualquier rapiña y nuestro pequeño Uruguay. Nuestro país tan corto y resonante, tan hecho de equilibrios y contrapesos, tan sostenido por precarias, evaporables excelencias.” (58-60)

“Con preferencia hacia los sectores sociales (clase media burocrática, artesana y pequeño comercial, empresarios industriales, proletariado urbano) en los que tenía su mayor clientela electoral, el Batllismo fue sustancialmente fiel a la naturaleza policlasista de nuestros partidos tradicionales.” (60)

“Retrocediendo a los términos estáticos de su programa, es evidente que el Batllismo quiso alcanzar una sociedad sólidamente centrada en las clases medias y un proletariado integrado por técnicas evolutivas y —a través de ellas— tácita pero efectivamente "aburguesado". Tal aspiración, tal proyecto es inseparable de su filiación en lo que suele designarse "democracia radical de masas", de tipo francés y su correlativo acento "jacobino", dogmático, intensamente igualitario, secularizador. Que tal congregación ideológica se diera en una nación marginal, extraeuropea, de economía monocultivadora es la nada pequeña nota diferencial que en este punto, como en tantos otros, tendría peso decisivo. Porque, es del caso preguntarse, desde nuestra altura histórica, qué viabilidad y qué vitalidad podía tener en el futuro una sociedad de tal composición.” (63, 64)

Golpe de terra
“El 31 de marzo de 1933, el golpe de estado policial del Presidente Terra, cierra el primer período batllista de treinta años, que la elección de 1903 había abierto. El conflicto entre dirección partidaria colegiada (y en buena parte oligarquizada), sobre todo cuando faltó en ella una figura del volumen de la de Batlle y fueron sus titulares varios opacos segundones, su choque con el poder personal investido en un primer mandatario, o jefe de Estado o de partido no había hecho crisis mientras Batlle había asumido alguno de estos roles y controlado a la vez el aparato partidario con su incontrastable autoridad. Sobreviviente la institución presidencial y divorciadas las dos entidades, era casi inevitable (no se hubiera necesitado en puridad el carácter aventurero y equívoco de la carrera política de Terra), que en un contexto social determinado, un presidente no tendiese a presentarse como víctima de los mandatos de un círculo casi anónimo, no se viese tentado a arrastrar toda la armazón del Estado legal tras el reclamo más o menos teatral de su libertad, de su iniciativa "ágil" (una palabra que tuvo fortuna). Como se decía, este conflicto se jugó en un contexto que fue el económico-social determinado por los colazos de la crisis mundial de 1929, la caída de los precios, el extremo endeudamiento de la clase agropecuaria que había disipado en gastos suntuarios (y nada reinvertido) los provechos de los años de "las vacas gordas", la contagiosa aprensión de los sectores conservadores ante la importancia que pudieran adquirir en el futuro del Batllismo ciertos núcleos (caso de "Avanzar") muy radicalizados. A todo esto es inevitable agregar aún el creciente favor que el fin de la tercera década y el principio de la cuarta aportaron a las ideologías autoritarias y a su crítica de la evidente crisis de las instituciones demoliberales tradicionales.” (70, 71)

Interpretación batllismo
“Ya se ha hecho referencia al debate del causalismo y la creación política personal y al juicio que una postura como la de Vanger puede merecer. También al "protagonismo", el "maniqueísmo" y el "monopolismo", como hemos rotulado a estas desorbitaciones de la apologética batllista en el encomio de su fundador. Ni Batlle, recapitulábase, lo fue todo y algunas figuras secundarias respecto a él son imprescindibles para entender ciertos aspectos de su obra, como el caso de Arena y Areco en legislación civil y del trabajo, el de Acevedo en enseñanza y "fomento", el de Amézaga y Serrato en aspectos técnicos y en la gestión industrial del Estado. También, recordábase que ni el Uruguay de 1900 es la noche y el día respecto al de 1910 ó 1920 ni muchos de los logros importantes del Partido fueron objeto de una resistencia demasiado dilatada por parte de sus adversarios.”(73)

Sobre los partidos
“Pero mucho más grave que este repertorio de eventualidades es el impacto destructor que sobre la consistencia de los partidos mismos todo el sistema ha tenido, mucho más grave el hecho de que la aparente unidad que en el trance electoral ellos adoptan, recubra una heterogeneidad a veces anárquica de incontables núcleos. Son grupos que, transcurridas las elecciones, recobran su tribal autonomía y pueden no sentir ninguna solidaridad (es lo habitual) con el gobierno o con la oposición, la menor responsabilidad por constituir (o sólo respaldar) uno u otra. Alguna vez caracterizamos un partido tradicional sosteniendo que era una confederación de clanes unidos por un gran "tótem" y aunque algunas fracciones del "quincismo" batllista, el "ruralismo" blanco (42) parecen dotados de mayor unidad que otros, la afirmación es extensible a todos.”(78)

Sólo es posible obtener cargos electivos a través de los lemas partidarios.


“Desde la tercera década se hicieron tentativas para subvencionar a través del presupuesto público la propaganda electoral de los partidos; recién durante la dictadura de Terra esta ayuda pudo hacerse efectiva por pequeñas sumas (52) y hoy, al acorde de la inflación y el desprejuicio, se paga cincuenta veces más por cada sufragio que aporten en las elecciones las agrupaciones políticas. (No hace mucho el Ministro del Interior observaba que mientras un censo de población había costado tres millones, cada consulta electoral de poco más de un millón de votantes costaba —claro que con otros gastos además de los referidos— treinta veces más…) De esa misma época terrista, que insurgiéndose contra cierta oligarquización de los partidos los dejó más pimpantes y enhiestos, datan también las primeras sustanciales ventajas a la prensa, casi toda ella política y partidaria. Dólares baratos, y después baratísimos, para papel y otros implementos llevaron, en dos décadas y aun menos, a cuatro o cinco diarios de ser precarios órganos de opinión a poderosos núcleos económicos. Si bien sometidos, como es habitual, a todas las invisibles servidumbres del género, un tránsito muy rápido —debe registrarse para ellos— desde el siglo XIX y su periodismo romántico a la empresa capitalista de la sociedad de masas y, en su calidad de tal, masificadora ella misma.
Más importante todavía es la situación de privilegio social que, individualmente, cada miembro dirigente de los partidos políticos —de la clase dirigente política— ha ido consolidando. A través de medidas legislativas (y aun decisiones administrativas) que tienen mucho de esotéricas y bastante de clandestinas, sustanciosas ventajas se fueron alineando. Para medir su entidad, hay que volver, especialmente, a la concepción fundamental del Estado demoliberal clásico que buscaba que los titulares de cada poder del Estado fueran remunerados con la máxima independencia de los otros. Sustancial garantía de libertad y equilibrio se consideraba lo anterior aunque, en verdad, lo más alcanzable, concreto y fundamental era dar al legislativo la facultad de fijarse sus propias remuneraciones. Pero tal doctrina también (es obvio) suponía decoro y contención en ese acto de tantos modos sintomático. Contrastar este esquema y la presente realidad (que René Dumont denunciaba también hace poco para las repúblicas nuevas del África negra) hace evidente —sea dicho a modo de digresión— hasta qué punto cada uno de los rodajes importantes y secundarios del arquetipo demoliberal se ha deteriorado; hasta qué punto —nótese también de paso—, éste reclama una invención histórica que salve, en un cuadro institucional totalmente nuevo, sus verdaderos,
perdurables valores.
Volviendo al asunto, obsérvese que la carrera política en el Uruguay está dotada de una estabilidad que pocos países pueden presentar (y por supuesto ninguna de las "nuevas clases" que esgrime como espantajo cierta propaganda). El riesgo de la no reelección está salvado entre nosotros por todo un rico repertorio de cargos a término en los Entes estatales y un sistema de jubilaciones especialísimo al que algún escandaloso episodio reciente ha dado notoriedad como si fuera nuevo pero que, en puridad, ya era bastante increíble antes de él en cuanto a términos de servicios y edad de retiro. Sabedor de la ventaja de un séquito intermedio entre los más favorecidos y la masa descalificada, la transfusión de ventajas ha ido creando sustanciales desniveles dentro de los mismos cuadros del Estado y es con la desaprensión más cómoda que algunos sectores más cercanos a los distribuidores de aquéllas o más nutridos por la tarea recaudadora de fondos han sido dotados de remuneraciones y ventajas complementarias dos, tres y hasta cuatro veces mayores (para igual función) que la media burocrática. Este es el caso de los empleados de casi todos los institutos jubilatorios, de el de los bancos oficiales y de el de esos ojos y manos del Régimen que son los funcionarios de la
Cámaras y el Consejo. Por contraste (agréguese) en cierto modo natural y expresivo, son los empleados de los servicios más delicados, y en estrictez más "humanos" de la Administración: tutela de menores y desvalidos, salud pública y enseñanza los peor retribuidos.” (84-87)

“Pero el poder de todo el aparato partidario no estaría completo si las funciones secundarias del Estado y las llamadas funciones de intermediación entre éste y los sectores más débiles de la colectividad no estuvieran politizadas en un grado tan creciente que para acceder a cualquier beneficio de un servicio público no hubiera que recurrir al comisionista partidario. Esto, como en todas partes, comenzó con la política de empleo estatal y municipal; hoy se ha extendido al acto de conseguir un servicio mecánico, de gestionar un permiso; muchas veces se tratará de concesiones menos genéricas, más sustanciales y privadas.
Sin embargo es el derecho a la efectividad del retiro jubilatorio la clave de bóveda del sistema de dependencias; su rápida marcha o su inacabable demora está condicionada al gestor político que es cada director de cada una de las Cajas, (54) unos lugares donde se han amasado con sudor, desesperanza y lágrimas algunos de los más sustanciales electorados del país.” (88)

“ …el Uruguay resulta hoy, una nación cuyo equilibrio, de tono medioburgués, cuyo conformismo social le hace hostil a toda reforma de estructuras, especialmente en aquello que ésta represente, de manera inevitable, una redistribución efectiva del ingreso, lo que es, sin duda, coherente con el acento conservador del aparato político que sostiene (y soporta). Pero es también un país que si se observa a través de la conducta de muchos de sus grupos económicos y sociales, reclama y actúa como si quisiera (pero la impresión es engañosa) que esas estructuras no debieran estar un minuto más vigentes, como si los precarios equilibrios que se han logrado tuvieran que ser rotos sin más dilación.” (94)

“Con todo, si hubiera que ceñir las debilidades más globales, más conspicuas, de más efecto a largo plazo, es especialmente a dos a las que hay que hacer referencia.
La del móvil filosófico cultural podría ser una de ellas, pues es dable pensar que la filosofía "progresista" de que el Batllismo se reclamó ha entrado en proceso definitivo de disgregación y caducidad y que sus ingredientes racionalistas, individualistas, hedonistas, ético-inmanentistas, romántico-populistas o han seguido la suerte del compuesto que los integraba o han entrado —lo que en cierto modo es más seguro— en nuevas, en muy disímiles y hasta casi siempre irreconocibles recomposiciones.
Ceguera al contexto podría registrarse por fin; olvido, por ejemplo, de las restricciones que imponía al desenvolvimiento industrial la pequeña magnitud de la comunidad y de su mercado, desprecio a las constricciones a que sujetaría el crecimiento de la clase media y obrera una estructura agraria del tipo de la uruguaya, desatención a los fenómenos y desequilibrios de una situación de marginalidad en un medio cultural tan intensamente europeizado como ya era el nuestro. La falta de conocimiento de las condiciones americanas y de la naturaleza y significación del imperialismo que hizo a Batlle, en 1904, acariciar la idea de la intervención de la marinería yanki en nuestra guerra civil (64) no es, en cierto sentido, más que el corolario verosímil de una situación ambigua, de la residencia en un limbo en el que no éramos ni americanos ni europeos.” (103, 104)

(10) En el presupuesto de 1903, que abre la era batllista ($ 20.468.111.oo) los gravámenes aduaneros
ascendían a $ 10.098.542.oo —el 49%— y la Contribución Inmobiliaria, el tributo que se buscó aumentar
$ 1.846.748.oo — el 9%. En el de 1914, al terminar la segunda presidencia de Batlle de $ 48.277.763.oo,
los de Aduana, antes de las restricciones de la guerra, ascendían a $ 15.014.338.oo —el 31%— pero la
Contribución Inmobiliaria, seguía con sus $ 4.804.823.oo representando el 10%. “(29)

(11) El 13.5% para el último grado de vinculación y los montos más altos. En 1914, la que se promulga bajo Batlle sólo duplica la tasa —el 27%— para la misma situación y lleva tímidamente de un 4% a un 5% el recargo para los herederos domiciliados en el exterior.” (30)

(29) Batlle propuso que el propietario de la tierra fuera quien fijase el valor de su predio a los efectos de la Contribución Inmobiliaria con vistas al derecho correlativo del Estado de comprársela por este valor más un 20 % (en 1905) y un 40 % (posteriormente). Trató también con empeño de ajustar el tributo
inmobiliario a los nuevos valores del agro y, entre 1905 y 1917 proyectó rebajas que llegaban hasta el 50
% de la Contribución Inmobiliaria al propietario que dedicara determinada extensión de su campo a
agricultura o bosques (en los de hasta 50 hectáreas hasta el 60 % de ellos; en los de mayor extensión sólo
la mitad del total gozaría de tal franquicia). Debe agregarse que desde entonces, explícitamente, la
Contribución Inmobiliaria se cobró sobre el valor nudo de la tierra, descartándose las mejoras.” (51, 52)