jueves, 29 de octubre de 2015

la economia en los 60 y durante la dictadura


“La temprana urbanización y un módulo de distribución del ingreso bastante más progresivo que en los demás países de la América Latina, constituían fundamentos importantes de la absorción referida. Este crecimiento de la industria sustitutiva de importaciones se convirtió entonces en el principal factor de dinamismo de la producción nacional, pero nunca llegó a alterar el tipo de inserción internacional del país. Su única incidencia destacable sobre el comercio exterior consistió en la modificación de la estructura de las importaciones, al reducirse la participación relativa de los bienes de consumo e incrementarse las de los insumos y los bienes de capital, con lo que disminuyó progresivamente, el margen de maniobra del Uruguay para seguir adelante por el camino asociado a este patrón de crecimiento.
Es que la interrelación existente entre los límites del mercado interno, la dependencia tecnológica, las crecientes escalas de producción requeridas y las exigencias planteadas para mantener un nivel de rentabilidad suficiente como para seguir estimulando la expansión de la producción, representó un obstáculo insuperable para el sector, que no obstante la presencia permanente de la protección estatal, se estancó hacia mediados de los años cincuenta del siglo pasado, como lo demuestran los índices del volumen físico del producto bruto interno generado por las diferentes ramas de la industria manufacturera. (…)
El Uruguay llegó entonces a la segunda mitad del decenio de los cincuenta del siglo XX con un escenario de estancamiento global de su producción material. La tasa de inversión bruta cayó a un nivel apenas superior al 10 por ciento –guarismo que ponía apenas la reposición anual del capital despreciado- y el ritmo de evolución del producto bruto interno disminuyó notoriamente respecto a la década precedente. En particular, la caída de la inversión resultó especialmente notoria en el sector privado y afectó tanto a la construcción como a las maquinarias y los equipos, que son los dos principales rubros en el proceso de formación de capital en el Uruguay. En estas circunstancias, crecieron las dificultades en el funcionamiento de la economía hacia comienzos de los años sesenta, que condujeron a serios desequilibrios, alteraciones negativas en el campo laboral, deterioro de las condiciones de vida de la mayoría de la población y contradicciones sociales que se alimentaron especialmente de una pugna creciente por mantener participaciones relativas en un producto que no crecía.
(…)
(…) el desequilibrio externo surge a partir del estancamiento de las exportaciones y una estructura rígida de importaciones, en la que se habían sustituído las de bienes de consumo, pero se mantenían las de insumos y bienes de capital como una exigencia permanente para el funcionamiento de la industria. Por este camino, se llegó rápidamente a un déficit comercial pronunciado, a una pérdida importante de reservas internacionales y a un acelerado crecimiento del endeudamiento. En efecto, hacia mediados de los años sesenta del siglo XX, la deuda externa ya había superado los 400 millones de dólares y diez años más tarde alcanzó el nivel de los 1000 millones, cifra que representaba –aproximadamente- el volumen de ingresos que el país obtenía por más de dos años de exportaciones. En particular, cabe destacar el rápido crecimiento de la deuda externa del sector público no monetario, esto es, el gobierno central y las empresas públicas.” (Instituto de economía (2001)Uruguay del siglo XX. La economía. Montevideo: Ed. Banda Oriental p. 76, 77, 78, 79)

“… la crisis financiera interna se manifestaba como un creciente desequilibrio entre los ingresos y los egresos del sector público, con la consecuente expansión del déficit fiscal. Así, por ejemplo, si se observa la gestión de caja del gobierno central, el valor real de dicho déficit aumentó casi en un 40 por ciento entre los trienios 1963-1965 y 1972-1974.” (p. 80)

“El tipo de cambio constituye una de las variables relevantes en el análisis del proceso inflacionario uruguayo. (…) ha sido uno de los centros de las presiones de determinados grupos sociales, como los exportadores –en especial los ganaderos y los frigoríficos- en el marco del enfrentamiento por mantener o acrecentar las participaciones relativas en la distribución del ingreso, al que se hizo referencia antes.
(…) Aún cuando es cierto que las devaluaciones sucesivas que se aceleraron especialmente a contar de la finalización del decenio de los cincuenta respondieron a su vez –en buena medida- a la acción de otros factores generadores de inflación, también es preciso reconocer que, a determinada altura del proceso, el manejo que se hizo del tipo de cambio contribuyó a agudizar la elevación de los precios internos.
(…) Así, no obstante la espiral referida, la propia naturaleza de este desequilibrio –en la que el ritmo de ajuste de los precios es mucho más fluido que el que caracteriza a los salarios y otros ingresos fijos- la convierte en un factor de concentración regresiva de las participaciones relativas de los distintos grupos sociales en la distribución de los frutos de la producción.
(…)
(…) cabe señalar en primer lugar que la evidencia disponible al respecto indica que, en general, los trabajadores y el gobierno transfirieron ingresos hacia los grupos empresariales nacionales y el exterior, que los absorbió a través de las variaciones en la relación de términos del intercambio o los servicios de factores. En este sentido, algunos cálculos realizados en los últimos años para el período comprendido entre 1971 y 1976, han estimado que cerca del 98 por ciento de los ingresos transferidos corresponden al grupo de trabajadores, en tanto que el 70 por ciento de los mismos fueron captados por grupos de empresarios nacionales.” (pp. 84, 85)

“ … hasta mediados de los años setenta del siglo pasado, o sea, casi enseguida de finalizado el período cubierto por este trabajo, las repercusiones de la dinámica de la acumulación interna sobre los problemas propios de este recinto específico de la sociedad uruguaya pueden ser vistas como una agudización de los desequilibrios entre la oferta y la demanda de fuerza de trabajo –manifestados cuantitativa y cualitativamente- y un consecuente incremento en los niveles de desocupación y subocupación. En segundo lugar, la emigración en cuanto estrategia de sobrevivencia de grupos socialmente diferenciados supone –desde la perspectiva de funcionamiento del mercado laboral- una exportación de buena parte de la oferta excedente de fuerza de trabajo. Finalmente, el deterioro del salario real medio de los trabajadores se puede comprobar con claridad a medida que transcurren los años cubiertos por este análisis.
(…)
(…) a partir de la primera mitad de los años sesenta, comenzó a gestarse en el Uruguay un proceso de emigración que hasta 1975 involucró directamente –de acuerdo con los cálculos más cautelosos- a una cantidad de entre 250 y 300 mil personas, que se mantuvo elevado en 1976 y que pareció luego tender a endentecerse a partir de 1977.
(…) es importante señalar que los emigrantes poseían un nivel de educación relativamente alto, lo que estuvo asociado al hecho de que la creciente desarticulación entre el nivel medio de instrucción y capacitación de la población activa y los requerimientos que –desde este punto de vista- estaban implícitos en la demanda efectiva de mano de obra, desempeñó un papel importante en la explicación del proceso emigratorio. Así, se sabe que casi la mitad de los emigrantes entre 1963 y 1975 tenían instrucción primaria, que algo más de la tercera parte de los mismos estaban vinculados a la industria manufacturera, y que las tres cuartas partes eran nacidos en Montevideo. A ello hay que agregar que, como parte de la emigración, el Uruguay perdió más de un 13 por ciento de su población con instrucción secundaria, técnica o superior, y cerca de un 18 por ciento de la categoría conformada por profesionales, técnicos, gerentes y funcionarios administrativos.
Según ya fue dicho, los desequilibrios provocados por el proceso económico uruguayo sobre el ámbito laboral estuvieron acompañados por una tendencia al deterioro del salario real, sobre todo a partir de la primera mitad de los años sesenta, cuando simultáneamente se aceleró la inflación. Esta última asumió un papel fundamental en torno a la pugna social que apunta mantener o acrecentar las participaciones relativas en el ingreso, como ya se explicó antes.
(…)
Si se analizan los problemas ocupacionales del Uruguay durante el período comprendido entre 1955 y 1972 desde una perspectiva sectorial, las principales comprobaciones que es posible realizar refieren al mantenimiento de la tendencia expulsora de mano de obra que caracterizó tradicionalmente al sector agropecuario, la falta de cambios significativos en la insuficiencia de la absorción productiva de fuerza de trabajo que ha mostrado la industria manufacturera, la desmesurada participación relativa del empleo en las actividades terciarias y la relevante declinación del sector público como fuente de ocupación.
Al comentar en particular estos aspectos sectoriales, hay que señalar que la muy baja y descendente importancia relativa del sector agropecuario como fuente de trabajo es un rasgo histórico esencial de la economía uruguaya, y está asociado al carácter primordialmente extensivo de su producción ganadera que, según se dijo antes, ha basado siempre su competitividad internacional en la dotación de recursos naturales. Si se tiene en cuenta que con la sola excepción del decenio comprendido entre mediados de los cuarenta y los cincuenta –cuando crecieron los cultivos a impulsos de una política estatal específica- la ganadería ha ocupado alrededor de 15 de los casi 17 millones de hectáreas con aptitud agropecuaria, se puede apreciar la enorme influencia que la extensividad del rubro ha tenido sobre el ritmo de creación de oportunidades de trabajo en el país considerado en su conjunto.
(…)
Cuando comenzaba el decenio de los sesenta, el agro generaba más de la tercera parte de la ocupación fuera del departamento de Montevideo. Hacia fines de la década siguiente, esa proporción cayó a la cuarta parte. Este ritmo revela la magnitud de la tendencia expulsora del sector, la que –por su parte- ha provocado una continua y creciente corriente migratoria interna hacia los sectores urbanos. (…)
Simultáneamente, la economía uruguaya no tuvo durante las décadas de los cincuenta y los sesenta, otro sector de la producción material que absorbiera productivamente los excedentes de fuerza de trabajo. En este sentido, la mayor responsabilidad debe ser asignada a la industria manufacturera que, a contar del estancamiento que la afectó desde mediados de los cincuenta, disminuyó relativamente su ya limitada generación de puestos de trabajo.
(…)
(…) el sector industrial ha sido el que concentró la mayor parte de los desocupados que no buscan trabajo por primera vez, aún cuando debe señalarse que esa proporción también mostró una evolución decreciente. Ello tiene que ver con el hecho de que una alta proporción de los emigrantes entre 1963 y 1975 –que ha sido estimada en más de 34 por ciento- estaban vinculados a la industria manufacturera, perteneciendo mayoritariamente a la categoría de artesanos, operarios y jornaleros.
Hacia fines del período que se viene analizando, la industria manufacturera concentraba menos de la quinta parte de la población económicamente activa del país –lo que ilustra claramente acerca de su poca importancia relativa como fuente ocupacional- y las ramas individualmente consideradas que tenían un mayor nivel absoluto de empleo eran las siguientes: textil y cuero; alimentos, bebidas y tabaco; caucho; química y metalúrgica. Al mismo tiempo, con la excepción de la construcción, era el sector de la economía que mostraba más altas tasas de desempleo abierto.
(…)
(…) la carencia de una industria fuerte que cumpliera un papel dinámico en la absorción productiva de fuerza de trabajo originó un vacío que fue ocupado –desde este punto de vista- por el sector público, apoyado en la conformación tradicional del Estado uruguayo.” (pp. 86 - 92)

“Con la dictadura ya instalada a contar de 1973, el Uruguay comenzaría a conocer una política de liberalización y apertura que provocaría una fuerte compresión del salario real –mucho más allá de las posibilidades que permitía la inflación al respecto- y una nueva experiencia de articulación a la economía mundial.” (p. 94)

“El gobierno que asumió en marzo de 1972 duró poco más de un año, hasta el golpe de Estado de junio de 1973. Tuvo que enfrentar la crisis de pagos externos que se inició a fines de 1971 y que se manifestó en caída de reservas, acelerado aumento del endeudamiento externo, atraso en los pagos a proveedores y quiebra de bancos.
Definió una nueva estrategia económica en el Plan Nacional de Desarrollo 1973-1977 (PND) aprobado por el Poder Ejecutivo en abril de 1973 luego de ser analizado por el Consejo de Seguridad Nacional (COSENA).
El modelo de desarrollo intentó aumentar las exportaciones con una mayor explotación de los recursos naturales del país y procesamiento de sus materias primas. La Ley de Promoción Industrial y el Plan de Pesca agregaron estímulos crediticios y fiscales. La Ley de Inversiones Extranjeras estableció las garantías para la radicación y repatriación de capital y utilidades explicitando que podían acogerse a los demás estímulos de carácter general.
La política económica de corto plazo apunto a cumplir los compromisos de pagos externos. (…) Se firmaron cartas de intención con el FMI desde junio de 1972 y se logró su apoyo financiero para sostener el nivel de reservas y poner al día los atrasos de pagos externos.
(…) Finalmente, se aceleró la inflación y se inició una tendencia a la concentración del ingreso; el ritmo de inflación alcanzó al 86.8% promedio anual y el salario real en 1972 cayó 17%.” (pp. 96, 97)

“Las transferencias de ingresos desde los asalariados y los pasivos, como se explicará más adelante, aumentaron la rentabilidad media de la economía y los ingresos públicos. Financiaron las transferencias de ingresos al exterior, el aumento de la inversión y el mayor consumo de los no asalariados. La concentración del ingreso llevó a una reestructura del consumo privado, por la caída del consumo de los asalariados y pasivos y por lo tanto la demanda interna de bienes-salario, mientras que aumentó el consumo de los no asalariados con repercusión sobre la producción y las importaciones de bienes de consumo suntuario.
(…)
El permanente saldo negativo en cuenta corriente otorgó una nueva y creciente importancia al ingreso neto de capital, como condición del crecimiento del producto, permitió aumentar y diversificar las importaciones así como su liberalización, aumentar las reservas internacionales y mantener una situación fluida de pagos externos; con el costo de un creciente endeudamiento externo.
En la deuda externa del país, la deuda contraída por el Sector Público (Gobierno Nacional y Municipales; Bancos y otras Empresas Públicas) fue más importantes que la del Sector Privado. El principal componente fue el sector público no monetario (Gobierno Nacional y Empresas Públicas) y dentro de éste, la colocación de bonos y letras en moneda extranjera.” (p. 99)

“Las condiciones políticas contribuyeron a: proporcionar seguridad para el ingreso de capital del exterior así como para la inversión privada local; procesar las transferencias de ingresos, en particular, mediante la contracción de los ingresos reales de asalariados y pasivos …” (p. 100)

“El desempleo abierto aumentó al 14.3% en 1984. El salario real medio cayó un 30% entre 1982 y 1984, continuando una tendencia iniciada en 1971 y que lleva al final del período a la capacidad de compra del salario aproximadamente a la mitad de la de 1968/71. Las pasividades en términos reales tienen una evolución muy parecida y su caída en los dos últimos años del período se puede estimar en torno al 30%.
Los cambios en el Estado y en la economía derivaron en el ascendente protagonismo de un nuevo actor social. Hasta principios de la década del setenta se identificaban tres actores principales aunque no únicos, los ganaderos, los industriales y los asalariados urbanos. Los primeros generaban la producción exportable y las exportaciones eran la principal y casi única fuente de moneda extranjera. La moneda extranjera permitía importar las materias primas y los equipos para la industria protegida, que generaba los nuevos puestos de trabajo. Con el desarrollo de la industria y los servicios públicos, aumentan los asalariados urbanos.
Al final del período podemos hablar de un cuarto socio, el capital financiero. Tiene su base en las instituciones de intermediación financiera y articula también a los acreedores externos y los propietarios de depósitos bancarios, residentes en el país o en el exterior.” (Dassatti, C., Márquez, G. (2012) La economía uruguaya 1960-2010, en 1960-2010 Medio siglo de Historia Uruguaya. Montevideo: Ed. Banda Oriental pp. 120, 121)

“El 1º de noviembre de 1967 asumió como nuevo ministro de Economía del Gobierno del Gral. Gestido el Dr. César Charlone. Dicho cambio de autoridades determinó una vuelta a las prácticas dictadas por el FMI, siendo los principales objetivos de política económica el logro de la estabilización en el nivel de precios y el equilibrio en las cuentas externas. Se esperaba que, con el cumplimiento de dichos objetivos, se lograría la repatriación de capitales, la recomposición del ahorro privado y la confianza por parte de los mercados internacionales. De esta manera, las principales medidas adoptadas fueron las siguientes:
  • devaluación del tipo de cambio oficial, que pasó de $99 a $200 por dólar, en noviembre de 1967.
  • Reunificación del mercado cambiario.
  • Liberación de dicho mercado, con la salvedad de que las operaciones de divisas derivadas de las exportaciones tradicionales deberían tramitarse a través del BROU.
  • Limitación del crédito, restricción de los aumentos salariales y reducción del déficit fiscal, con el fin de eliminar presiones inflacionarias por el lado de la demanda.
No obstante, a pesar del cumplimiento de las metas planteadas, la persistente inflación condujo a una nueva devaluación en abril de 1968, llevando la cotización del dólar a $250. (…) la situación de estancamiento económico potenció la presencia de prácticas especulativas, las cuales se intensificaron en este período, encontrándose entre las principales causas de las presiones inflacionarias.” (163, 164)

“Las circunstancias económicas en 1968 planteaban como principales problemas a enfrentar: un elevado déficit fiscal, un significativo nivel de endeudamiento con el exterior y un acelerado ritmo inflacionario. Este agravamiento del clima económico se vio acompañado de –y en cierta medida alimentó- un deterioro de las relaciones entre sectores de la sociedad, caracterizado principalmente por la confrontación. (…)
Los principales objetivos de la política económica en este período se basaron en el logro del equilibrio externo y la estabilización del nivel de precios. Con respecto al primero, se buscaba recuperar el nivel de reservas internacionales y reducir el endeudamiento externo de corto plazo. Con respecto al objetivo en materia de política inflacionaria, se instrumentó un plan de estabilización a partir del cual se decretaba la congelación de precios y salarios.
Dicha medida se implementó con anterioridad al ajuste corrector del salario real, determinando así una fuerte depresión en su nivel; en cambio, en el momento de implementarse el decreto, los sectores empresariales ya habían remarcado sus precios de venta. A la suspensión de los Consejos de Salarios (en funcionamiento desde 1944), le siguió la creación de la Comisión de Precios e Ingresos (COPRIN), entidad pública a cargo del control de las nuevas escalas de precios y salarios fijadas por decreto.” (p. 164)


La política económica de la dictadura
Primera etapa, 1974-1978: ‘intervencionismo reestructurador’
Este período marca la adopción de una política inspirada en el Plan de Nacional de Desarrollo 1973-77, complementado luego en los Cónclaves de San Miguel y Nirvana (de agosto y octubre de 1973, respectivamente) con la finalidad de promover cambios estructurales en la economía del país. La estrategia se basó en la opción aperturista y de integración económica y comercial con el mundo. (…)
Se impulsó la expansión del sector exportador en el entendido de que su crecimiento provocaría el arrastre del resto de la economía. Durante este período, luego de un estancamiento económico de veinte años, el país logró una etapa de crecimiento apoyado en la inversión y las exportaciones. El costo de esto fue una concentración del ingreso y una disminución del salario real.
Este período ha sido llamado ‘intervencionismo reestructurador o ‘segundo modelo neoliberal’. A pesar de que el principio declarado era apoyarse en el libre mercado para la distribución de los recursos y regular el funcionamiento de la economía, la práctica intervencionista fue una característica permanente. El propósito era reestructurar la economía del país para superar aquellas trabas que, según esta concepción, impedían su desarrollo. Cabe destacar que esta reestructura no se llevó a cabo porque el libre juego del mercado así lo determinó, sino que el nuevo orden fue impuesto utilizando para ello el poder coercitivo que la situación política dictatorial brindaba.
(…) En 1974 se designó al Ing. Alejandro Végh Villegas como ministro de Economía. Los pilares de la nueva política económica serían los objetivos de crecimientos, liberalización, apertura y estabilización, y la reducción de la participación del Estado. La apertura comercial aproximaría la estructura de precios internos a la estructura de precios internos a la estructura de precios internacionales y, de ese modo, los recursos se asignarían según el principio de las ventajas comparativas.” (pp. 170,171)

Segunda etapa, 1978-1982: ‘liberalismo estabilizador’
En el análisis de los objetivos de política económica en el período comprendido entre 1978 y 1982 se pueden encontrar dos etapas: en la primera, hasta fines de 1981, el objetivo primordial fue la estabilización de precios con una instrumentación de carácter liberal, en tanto que en una segunda etapa se incorpora la preocupación por atenuar la recesión retomándose cierto grado de intervencionismo.” (p. 181)

“En octubre de 1978 el gobierno anunció la introducción de ‘la tablita’, una planificación diaria del tipo de cambio unificado (comercial y financiero) que estaría vigente hasta seis o nueve meses después. El objetivo de esta nueva política cambiaria era la reducción del volumen de transacciones especulativas y de riesgo cambiario y la disminución de las expectativas de inflación futura (la tasa de inflación doméstica debería converger a la tasa de inflación internacional más la cada vez menor tasa de devaluación del peso).
(…) el BCU solo emitiría dinero contra el ingreso de divisas y lo retiraría cuando egresaran divisas, por lo que su capacidad para conceder crédito y aumentar el circulante en la economía se encontraría limitada. Como resultado, desaparecerían los aumentos de precios originados en la emisión descontrolada de origen monetario o fiscal, de modo que tanto los precios como las tasas de interés internas convergerían a las internacionales.
Para que esto fuera posible era necesaria la eliminación de todos los obstáculos al libre movimiento de capitales.” (p. 182)

“En concordancia con el nuevo enfoque de política cambiaria, fueron eliminados los controles sobre la oferta de dinero. De esta manera, a fines de 1978 comenzaron a reducirse los encajes obligatorios y, a fines de marzo de 1979, los mismos fueron eliminados así como también las operaciones de mercado abierto.
Al mismo tiempo, el proceso de liberalización financiera intensificó su ritmo, como lo demuestran la liberalización de las tasas de interés en setiembre de 1979, la derogación del Impuesto Único a la Actividad Bancaria, el aumento de los márgenes de receptividad de los depósitos y la autorización del establecimiento de nuevas instituciones bancarias. (…) el número de casas bancarias se multiplicó, y pasaron a basar su negocio netamente en la actividad off-shore.
Por último, cabe destacar que, como resultado del proyecto de transformar a Uruguay en una plaza financiera internacional, se dio una importante extranjerización e internacionalización del sistema financiero uruguayo. Esto se explica por la instalación de trece nuevas casas bancarias filiales de capital extranjero y la venta de cuatro bancos de capitales nacionales a extranjeros, así como por el aumento de la importancia relativa de las operaciones en los mercados financieros externos. No obstante, la plaza financiera tuvo un carácter regional, en la medida que los capitales que ingresaron eran fundamentalmente de los países vecinos.” (p. 183)

“El endeudamiento externo registró aumentos derivados de la entrada de capitales dirigida al sector privado y del financiamiento público. Dentro del sector privado, el subsector que dominó la expansión de la deuda externa fue el bancario, debido fundamentalmente al incremento de los depósitos de no residentes. Con respecto al sector público, el subsector público no financiero fue dominante, dentro de cuyo destino se destacó el rubro infraestructura (financiación de la represa hidroeléctrica de Palmar).
(…)
Hacia 1982, la inseguridad, tanto financiera como cambiaria (derivada la primera de las crecientes dificultades de pago de los deudores bancarios y la segunda de la progresiva desconfianza en el mantenimiento del cronograma cambiario), se tradujo en una significativa fuga de capitales.
Como consecuencia del aumento del déficit de cuenta corriente y de la reversión del flujo de ingreso de capitales, se deterioraron los niveles de reservas internacionales del BCU, a lo que también contribuyó la considerable fuga de recursos financieros nacionales hacia el exterior. Otro factor que influyó en la pérdida de reservas fue la creciente transformación en dólares de gran parte de los depósitos a plazo denominados en moneda nacional.
De esta manera, la pérdida neta de reservas internacionales (de alrededor de 638 millones de dólares) excedió a las ganancias netas generadas en los años anteriores, culminando en la incapacidad de pagos externos a fines de 1982.” (pp. 186, 187)

“El detonante de la recesión que se inició a partir del segundo semestre de 1981 fue la reversión de la relación de precios favorable con Argentina, como consecuencia del abandono del cronograma cambiario en dicho país en marzo de 1981. Esto se sumó a la situación económica ya deteriorada por la recesión internacional y el impacto de las crecientes tasas de interés en el servicio de la deuda externa uruguaya.” (p. 187)

Tipo de cambio
En octubre de 1978 se dio inicio al régimen conocido como ‘la tablita’, el cual consistió en una planificación diaria del tipo de cambio (unificado) por un período de entre seis a nueve meses. Esta nueva política cambiaria implicaba la administración de las reservas internacionales y un manejo muy cuidadoso del gasto público.
Si bien en la teoría se esperaba lograr una alineación de los precios internos a los internacionales, en la práctica la variación del tipo de cambio nominal comenzó a mostrar rezagos con respecto a la evolución de los precios internos, afectando de forma negativa a la competitividad del país con el resto del mundo.
Finalmente, la pérdida de reservas internacionales registrada en 1982 puso en jaque la sostenibilidad del régimen cambiario imperante.” (p. 188)

“Expansión de la actividad financiera
El sector financiero se vio ampliamente beneficiado con las políticas aplicadas en el período.
Todo esto fue posible debido a la ausencia de controles regulatorios, producto del profundo proceso de liberalización aplicado en el sector financiero en este período. De esta manera, el acceso prácticamente irrestricto al crédito abundante se conjugó con su utilización frecuentemente imprudente.
La combinación de la mayor disponibilidad crediticia en conjunto con la existencia de expectativas favorables en algunos sectores económicos, se tradujo en el surgimiento de booms económicos con un elevado contenido especulativo. Como consecuencia, se verificó un sostenido crecimiento de la deuda de los distintos sectores productivos con el sistema bancario privado. Al mismo tiempo, tuvo lugar una fuerte expansión del crédito al consumo como fuente de financiamiento de compras de bienes de consumo duradero importados.” (p. 189)

“Otra de las consecuencias de la profundización de la apertura financiera registrada en el período se refiere a la dolarización de la economía y, principalmente, del sector financiero. Como ya mencionamos, la existencia de fuertes atractivos de rentabilidad para las operaciones en dólares, en conjunto con la existencia de atraso cambiario, motivaron un fuerte ingreso de capitales extranjeros con fines especulativos, una contracción progresiva de la base monetaria y una utilización más intensiva del dólar como unidad de cuenta y depósito de valor.” (p. 191)

Caída de salarios y pasividades
Con respecto a la situación de los asalariados y pasivos, la transferencia de ingresos desde estos sectores hacia el sector empresarial siguió vigente. En particular, en el período 1978-1982, dicha transferencia se apoyó fundamentalmente en los sectores de menores ingresos. Como contrapartida, los ingresos del capital global continuaron aumentando. No obstante, en este período se observó una nueva tendencia en cuanto a la redistribución de ingresos; la transferencia desde el capital comercial y productivo hacia el capital financiero.
Como consecuencia del continuo deterioro de los ingresos de la clase trabajadora se produjo una mayor concentración del ingreso, provocando como respuesta estrategias de supervivencia como el ‘sobretrabajo’ o la emigración.” (p. 191)

Tercera etapa, 1982-1984: ‘intervencionismo de supervivencia’
(…) El 25 de noviembre de 1982 el BCU comunicó su retiro del mercado cambiario, dando fin así al régimen cambiario de ‘la tablita’. La grave situación económica que enfrentaba el país fue uno de los principales factores que explicaron este cambio de política. En particular, existía una crítica situación en el sector externo, que se traducía en una continua pérdida de reservas internacionales y en crecientes dificultades para hacer frente a los pagos externos.
Las políticas aplicadas en este período respondieron a las condiciones plasmadas en el crédito firmado con el FMI en febrero de 1983. Dicho organismo desempeñó un rol de intermediación entre Uruguay y sus acreedores, la banca privada internacional.
(…)la política económica aplicada durante el período comprendido entre fines de noviembre de 1982 y fines de 1984 puede ser considerada como un ‘intervencionismo de supervivencia. Esta caracterización responde a dos aspectos: por un lado, el manejo de los instrumentos de política económica implicó la sustitución del rol del mercado por parte del Estado, en tanto que, por otro lado, se buscaba el logro de mejores condiciones para subsistir en la crisis.
Entre fines de 1982 y comienzos de 1983 se definieron los lineamientos generales de la política económica del período, los cuales se dieron a conocer en un comunicado del gobierno del 26 de noviembre de 1982 y en la Carta de Intención dirigida al Fondo Monetario Internacional (FMI) del 1º de febrero de 1983.
En el marco de una situación deteriorada, el Gobierno debió recurrir a la asistencia financiera del FMI, para lo cual se comprometió a desarrollar un programa de ajuste de los desequilibrios existentes. (…) En este período, una importante porción de la deuda externa de nuestro país tenía como acreedores a los bancos transnacionales, y la asistencia del FMI era insuficiente para atender el calendario de pagos previsto. De esta manera, el FMI desempeñó un rol de intermediación entre Uruguay y la banca transnacional, garantizando que el ajuste económico plasmado en el programa aseguraría el cobro de sus préstamos con los intereses correspondientes. (…)
La política cambiaria: flotación limpia
Los intentos de mantenimiento del cronograma cambiario se traducían en una continua pérdida de reservas internacionales. Esta situación llevó a que, el 25 de noviembre de 1982, se abandonara la política cambiaria de mini devaluaciones preanunciadas y se sustituyera por un régimen de libre flotación de la moneda. Asimismo, se eliminaron los reintegros y se redujeron los aranceles, traduciéndose en menores efectos de instrumentos fiscales sobre el tipo de cambio efectivo.
La intención del equipo económico de este período era, luego del aumento del tipo de cambio y un período de oscilaciones, cuando encontrara su nivel de equilibrio, llevar a cabo una política cambiaria flexible con posibles intervenciones de la autoridad monetaria. A partir de esta medida, el dólar pasó de N$ 13,81 en el último día de ‘la tablita’ a N$ 22 en el día de la reapertura del mercado, y a N$ 35 a fines de diciembre de 1982.” (p. 193)

La política comercial: nuevos pasos en la liberalización y apertura
Con respecto a las importaciones, se avanzó en el proceso de liberalización y apertura, a través de una fuerte reducción arancelaria y la eliminación de aforos y precios de referencia de carácter proteccionista. De esta manera, las importaciones que competían con los productos nacionales vieron reducir su arancel en un 30%, con un máximo que se fijó en 55%.
(…) La promoción de las exportaciones se basó principalmente en el tipo de cambio y en la reducción del costo de la mano de obra, y mantuvo un tratamiento igual para exportaciones tradicionales y no tradicionales.” (p. 193)

“Como consecuencia de la recesión, las carteras de deudas a cobrar por parte de los bancos se tornaban cada vez más difíciles de liquidar La situación se agravó aun más cuando, en agosto de 1982, México declaró la imposibilidad de pago de su deuda. La llegada de esta noticia en conjunto con el abandono del cronograma cambiario derivaron en un importante retiro de depósitos en el sistema bancario.
El Estado asumió la mayor parte de los costos de la crisis bancaria, mediante la compra de carteras y la absorción de los bancos en dificultades por parte del BROU y/o la Corporación Nacional para el Desarrollo.” (p. 194)

lunes, 13 de abril de 2015

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jueves, 22 de noviembre de 2012

Temas para el examen

1) Revolución Rusa
2) Crisis del 29
3) Fascismo y Nazismo
4) Uruguay del 900. Batllismo
5) Consecuencias de la crisis del 29 en Uruguay. Dictadura de Terra
6) Neobatllismo
7) Colegiados blancos
8) Uruguay en los 60
9) Dictadura Militar

Categoría B - sólo del punto 4 al 9

martes, 16 de octubre de 2012

los colegiados blancos

“En 1962, ya fallecido Luis Alberto de Herrera (1959), volvió a triunfar el Partido Nacional en las elecciones nacionales, pero esta vez  por un margen considerablemente menor (menos de 25000 votos) cambiando la relación de fuerzas dentro del lema (los grupos más centristas, agrupados en torno de la Unión Blanca Democrática, triunfaron sobre la fracción herrero-ruralista, mucho más radical en su propuesta de liberalización económica)
            La conducción económica del nuevo gobierno marcó algunos cambios que atenuaron los alcances de la Reforma Monetaria y Cambiara. Se volvió a establecer un doble mercado cambiario y se moderó la libertad de importación mediante el aumento de los recargos y depósitos previos. La nueva política, que abandonaba inicialmente la ortodoxia fondomonetarisma, tenía como principal objetivo superar la crisis del sector externo y denotaba cambios de importancia en las apoyaturas sociales y políticas del nuevo gobierno. Los ganaderos parecían haber perdido su gran oportunidad para incidir decisivamente en el rumbo de las políticas públicas. Asimismo, el nuevo gobierno dio un renovado impulso a las actividades de la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico (organismo creado en 1959 para planificar el proyecto de inversiones en el sector público), aunque se mostró remiso a la hora de concretar sus recomendaciones, las que en muchos aspectos configuraban las bases de un modelo de superación de la crisis estructural y el estancamiento. Los sesenta –…- serían años pródigos en propuestas, años que podrían encontrar un buen resumen en las tareas ambiciosas de la CIDE y más tarde del Plan Nacional de Desarrollo aprobado el 10 de febrero de 1966, paradigmas ambos, o cruce de caminos, desde los cuales era posible –recuerda el politólogo Adolfo Garcé- ir hacia la izquierda, hacia el centro o hacia la derecha.
            Pero el viraje no tuvo el éxito esperado. Luego de una primera etapa muy breve que arrojó algunos resultados alentadores, se volvió a una situación deficitaria en el sector externo. Problemas serios en la política cambiaria, ambientados por las conductas especulativas de los principales grupos económicos, culminaron –en 1965-  en una de las mayores crisis bancarias de la historia del país. La espiral inflacionaria volvió a desatarse, cayó nuevamente el salario real y arreció la conflictividad social. Hacia el final de este segundo gobierno blanco se operó otro cambio dramático en la conducción económica, reorientada a la ortodoxia fondomonetarista. Ese cambio de política no daría réditos económicos ni políticos. Los problemas (inflación, fuga de capitales, endeudamiento, etc.) reaparecieron con fuerza en 1966, lo que seguramente favoreció la derrota nacionalista y la recuperación del gobierno por el Partido Colorado en las elecciones de ese año.
            Lo ocurrido durante las dos administraciones blancas resultaba muy significativo desde diversos puntos de vista. Ya hemos anotado hasta qué punto la crisis estructural iniciada a mediados de los cincuenta se había asociado desde el arranque con la quiebra del ‘modelo batllista’. Sin embargo, el sinuoso itinerario de las políticas públicas a partir de 1955 (y en especial luego de 1958), así como una mínima evaluación de sus resultados, alentó la aparición de lo que entonces comenzaría a denominarse ‘el modelo alternativo’.  Los programas rupturistas, identificados todos en mayor o menor medida con un amplio programa de liberalización económica, había vuelto a chocar con bloqueos claramente identificados con el período anterior, ahora vigentes bajo un nuevo elenco gobernante: clientelismo, intervención y arbitraje estatal en la articulación de demandas particularistas de actores corporativos, crecimiento del fraccionalismo partidario, consiguiente densificación de la ‘telaraña’ de viejo sistema de mediaciones y compromisos múltiples, entre otros.
            El polítólogo Francisco Panizza ha puesto el acento en que el fracaso de las políticas económicas durante los gobiernos blancos adquiere mayor destaque si se cotejan sus objetivos iniciales con los resultados obtenidos: a contramano de los discursos liberalizantes, el gasto público creció y mantuvo su composición interna; la opción inicial por los ganaderos debió ser sustituída por una política más oscilante y ambigua en la relación con los distintos agentes económicos; el Estado volvió a demostrar su consistencia institucional, lo que dificultaba el tono representacional del programa de ‘vuelta al mercado’, etc. Estos fenómenos –insiste Panizza- se asociaban también con la persistencia de una crisis de hegemonía en la sociedad uruguaya: los ganaderos repitieron en la coyuntura muchas de sus debilidades tradicionales en la materia, sin dejar paso a ello a agregados nuevos o particularmente impetuosos. La reestructura económica parcía exigir una reestructura política que terminara con las inercias, con los equilibrios y también con las resistencias y continuidades de la vieja formación política uruguaya. “ (Caetano, G., Rilla, J. Historia Contemporánea del Uruguay. De la Colonia al Siglo XXI. Ed. Fin de Siglo. Uruguay, 2005. pp. 282, 283)

el fútbol uruguayo

El fútbol uruguayo: una épica popular desmedida

            En el caso uruguayo, tenemos un ejemplo de hipertrofiada valoración del triunfo  deportivo y futbolístico por razones comprensibles. En primer lugar, los triunfos deportivos y los futbolísticos en particular fueron motivo de legítimo y justificado orgullo nacional. Una pequeña población, no de las más desarrolladas tampoco, dominando importantes deportes mundiales por mucho tiempo. Era remarcable, realmente. Y era un moco de hacerse conocer internacionalmente por medio de una identidad triunfante y triunfadora, en medio de un proceso incipiente pero sólido de consolidación del prestigio del deporte como indicador de salud y bienestar sociales. Pues bien, la decadencia socioeconómica uruguaya fue dejando cada vez más librada la esperanza de los uruguayos de sobresalir internacionalmente al fútbol, con lo cual ese emblema nacional adquirió carácter de obsesión enfermiza, justificadora de cualquier inescrupulosidad  con el fin de triunfar, hasta inclusive llegar a valorar el triunfo inmerecido en lo técnico como más festejable que el obtenido por superioridad técnica. Fue la entronización de la ética lumpen del tango en el campo sociodeprtivo. Era mejor ganar por vivo y macho que por mejor, lo cual llevó a un descuido por la evolución técnica y táctica, ya que no eran imprescindibles para ganar (con graves consecuencias futuras que estamos padeciendo). (…)
            Siguiendo con este apasionante tema del lugar del fútbol y del deporte en escala de valores, nos apoyamos en muy interesantes declaraciones de Menotti (El fútbol y yo) quien afirmaba que los estilo futbolístico deben reflejar los espíritus de los pueblos, ahogando así por un rútbol ofensivo para Argentina y para Brasil, entre otras observaciones. (…)
            Pero en el caso uruguayo, nuestra historia (lo ha hecho notar Eduardo Gutiérrez Cortinas y yo le he avalado) ha sido una historia defensiva, la de una minoría que se bate contra poderes más modernos y numerosos. El virreinato de sede bonaerense, las invasiones inglesas, los españoles, los portugueses, los brasileños, etc. No es extraño que el juego uruguayo se haya caracterizado desde los años 30 por el abroquelamiento defensivo y el contraataque (‘dominio argentino, gol uruguayo’ era un dicho de la época, muchas veces confirmado en el futuro, aunque no siempre, es cierto).
             La historia cultural también fue responsable parcial de la particular característica que forjó las primeras conquistas olímpicas y mundiales: la combinación feliz que el fútbol uruguayo logró en la década del 20 entre el estilo directo y agresivo de pases largos inglés y la elaborada concertación de pases cortos escocesa, cuya combinación produjo los sorpresivos cambios de ritmo ofensivos característicos de los primeros triunfos internacionales celestes. (…)
            La épica popular se encarna en el deporte en el Uruguay de modo desmedido por esa necesidad psicosocial de autoestima individual, grupal y nacional hiperconcentrada en el fútbol como ámbito tradicional de destaque.’
            Tomado de Rafeal Bayce: ‘Fútbol uruguayo. Economía política y cultura’, en Varios: ¿Nunca más campeón mundial?, Montevideo, Logos-FESUR, 1991, pp. 40-42.” (Caetano, G., Rilla, J. Historia Contemporánea del Uruguay. De la Colonia al Siglo XXI. Ed. Fin de Siglo. Uruguay, 2005. p. 240)

martes, 9 de octubre de 2012

Indicadores económicos

EVOLUCION DEL COMERCIO EXTERIOR (1955-1959)
(en millones de dólares corrientes)
AñosExportacionesImportacionesSaldo
1955184236,4-52,4
1956211208,52,5
1957128,2252,2-124
1958138,6142,7-4,1
195997,7175,6-77,9
RESERVAS DE ORO Y DIVISAS
(en millones de dólares corrientes, al 31 de diciembre de cada año)
AñosOroDivisas netasTotal reservas
1946199,693,5293,1
1950235,776,1311,8
1955215,6-74,5141,1
1960179,6-96,583,1
TASA DE INFLACIÓN 1956-1963
(según promedios anuales de IPC en porcentajes)
AñoPorcentaje de inflación
19567
195715
195818
195939
196038
196123
196211
196321
P.B.I. AL COSTO CONSTANTE DE FACTORES DE 1961, TOTAL Y PER CÁPITA
AñoGlobal (en millones de pesos)Per cápita (en pesos)
194593924566
1946104325077
1947111355278
1948114225347
1949118445477
1950122085568
1951132145934
1952131615821
1953140116104
1954148136359
1955150456367
1956153066366
1957154546359
1958149096051
1959144935798
1960150055918
1961154606006
1962151245790
1963149695662